Con motivo del décimo aniversario del fallecimiento del gran poeta mendocino, en distintos lugares del país se han organizado homenajes a su memoria. Esta nota, en la que brindan su testimonio varias de las personas que lo conocieron o amaron, intenta dar una semblanza de lo que fue su vida y su personalidad, ambas atravesadas por la pasión.

 

Todo silencio no deseado abre un espacio ciego en el tejido de una relación social o humana, un hiato perturbador que deja siempre la amarga sensación de que algo se ha perdido irremediablemente durante la incomunicación. En este país, el silencio -o el olvido, que constituye una forma particular de él- es un instrumento al que ha acudido con frecuencia la anticultura para borrar de la memoria o el corazón de la gente a algunos artistas valiosos. Es cierto que la mayor parte de las veces sin éxito, porque como ocurre una y otra vez, la vida termina por demostrar la absurda inutilidad e insensatez de esos intentos. El caso de Armando Tejada Gómez, el gran poeta mendocino fallecido hace exactamente diez años el último 3 de noviembre, es uno de los que mejor expone adónde van a parar los proyectos de amordazar a un creador verdadero.

Tejada Gómez sufrió en vida varias operaciones destinadas a acallarlo, a precipitarlo en ese deslugar cruel que para un artista popular es el aislamiento de su público. La más grave de esas maniobras la concretó primero la tristemente célebre Triple A del lopezrreguismo -incluyéndolo en una lista negra- y un poco más tarde la dictadura instalada en 1976, que prohibió directamente difundir su nombre y sus letras, presionó para que no apareciera en reportajes, lo excluyó de los festivales oficiales e inspiró distintos acosos y amenazas, que concluyeron en un exilio en España, breve aunque no por eso menos doloroso.

A todas esas expresiones de intolerancia, el poeta respondió, sin embargo, con gallardía y con la tozudez típica de un hombre habituado –por pertenencia histórica a una raza de perseguidos- a las tormentas y calamidades.

El poeta reivindicaba, como lo explicita en su cuento Los acollarados, su raíz huarpe y contaba que su nombre en la lengua aborigen, antes de que algunos de sus antepasados llegaran a la laguna de Guanacache, un lugar al cual no acude ni siquiera la muerte, era Talquenca Guaquinchay (Tiki). Con esa presencia de ánimo y a veces la picardía de utilizar otros nombres para eludir la censura, como fue el de Carlos de Mendoza, superó los innumerables obstáculos que se le colocaron para mellar tanto sus convicciones profundas como su espíritu colmenero y sensual, ese que lo transformó en animador indeclinable de multitud de fiestas del canto y la palabra, de incontables encuentros en los que la celebración gozosa del compromiso con la vida y la justicia era lo central.

El último apagón lo intentó la muerte, pero ni siquiera esa espectral administradora de amnesias logró que se esfumara su resplandor. En estos días de noviembre, y mientras la realidad confirma muchas de las más duras predicciones que hizo su poesía, un torrente de voces se ha unido para rendirle diversos homenajes en Buenos Aires, Mendoza, Lomas de Zamora y otros lugares del país y brindar la más incontestable prueba de que Armando está vivo y que hoy, como ayer, ha derrotado una vez más al silencio. Y que desde algún lugar del tiempo se ríe -con esa estentórea y contagiosa carcajada que solía conmover a sus oyentes- de todos aquellos que alguna vez tuvieron la peregrina ilusión de que un papel, un simple decreto de burócrata, es capaz de enmudecer el ruido de las olas, el canto de los pájaros, el sonido del viento, la música de los caracoles o los infinitos arpegios creados por el mundo, todos esos elementos de los que se sirve el poeta -y de los que se sirvió él- para transmitir las vivencias de un corazón que late tanto con la belleza de la naturaleza como con la odisea del hombre que la habita.

En la propia piel

Para descifrar los motivos esenciales de la poesía y el arte de Tejada Gómez, hay que adentrarse necesariamente en sus raíces, rastrear su mundo familiar y social desde la propia infancia, nos dice en el prólogo a Profeta en su tierra el narrador Alfredo Varela, autor de aquella extraordinaria novela que fue El río oscuro. No siempre la pertenencia de clase o el pasado social de un artista determinan su posterior producción. Pensarlo así sería establecer una relación demasiado mecánica. Pero, en el caso del poeta mendocino, es ineludible acudir a ese origen para explicarla, porque opera como una marca indeleble de toda su obra. Si Tejada cantó los sueños y desventuras de los pobres, los olvidados y los marginales, si ardió con la pena oscura o la muerte solitaria del trabajador golondrina (se llamara Pedro Changa o Lucas Romero), si se rebeló conmovido contra esa inhumanidad imperdonable que es la existencia de niños en la calle, eso ocurrió porque conoció o vivió personalmente todas esas situaciones, las sufrió en su propia piel.

Tejada Gómez nació un 21 de abril de 1929, a orillas del zanjón del Guaymallén, un tramo de ese río entre los puentes Zapata y de Los Leones, en cuyo costado oeste se extendía, entre cañaverales, un caserío de seiscientos metros denominado el Barrio de las Latas y un baldío que era usado como basural. Allí creció Armando, como narra en Amanecer bajo los puentes, disfrutando de los pocos esparcimientos que le permitía su condición de niño pobre: bañarse en el canal, hacer altas fogatas en la noche, robar duraznos de corazón dorado en los terrenos del vecindario y, sobre todo, esperar, esperar a que ocurriese algo extraordinario, alguno de esos sucesos que la fantasía infantil imagina como salvadores, como trampolines hacia una nueva y milagrosa vida.

Pero no ocurrió nada excepcional y desde muy joven Armando debió salir a ganarse el pan en los más diversos oficios: canillita, mandadero, lustrador de botas, bracero, obrero de la construcción y otras ocupaciones. Esta inserción laboral tan prematura fue acelerada por la muerte de su padre, Lucas Tejada, un tropero que transportaba ganado de Mendoza a San Juan y Chile a través de la cordillera. Falleció cuando él tenía 4 años y dejó a su madre con una ristra grande de cachorros. Doña Florencia Gómez, que así se llamaba la progenitora de Armando, tuvo en su unión con Lucas Tejada 24 hijos, de los cuales el poeta fue el penúltimo.

A los 15 años apenas sabía escribir, pero ya había aprendido por su cuenta a leer. Es por esa época que, con unos centavos que le da su madre, compra el Martín Fierro y queda deslumbrado. Hay unos versos que lee allí que marcarán para siempre su estilo: “Yo digo lo que conviene/ y el que en tal güeya se planta/ debe cantar cuando canta/ con toda la voz que tiene.” Son años de intensa lectura en donde empiezan a florecer sus condiciones de poeta y de narrador oral innato, esas que de algún modo están en embrión en los años en que le inventaba relatos prodigiosos a su hermano Toto mientras caminaban, como por ejemplo aquel acerca de un caballo de nombre Marcial, que ellos supuestamente tenían, con “una estrella entre los ojos de enorme lucidez como dos noches”.

Vicente Mirón, un poeta granadino que recaló en Mendoza y estuvo entre los organizadores de la solidaridad con la República española en esa provincia, evoca en un artículo del año 1975 al Tejada Gómez adolescente. Lo recuerda entreverado con la barra de muchachotes con berretines de “ranas”, que se citan todos los días en las esquinas de “Calle Larga y La Media Luna” (Pedro Molina y Alberdi) para hablar de “minas” y marchar después a bodegones o peringundines a hacer exhibiciones de un machismo ingenuo, casi pueril. Muchos de esos mismos jóvenes son los que unos años después se incorporarán al Club Juvenil Aníbal Ponce, en un tránsito que Mirón definirá como el pasaje del mundo de la “junta mistonga” al universo de la solidaridad y la lucha.

A los 21 años, Tejada Gómez le imprime un viraje fundamental a su existencia: ingresa a LV10 Radio de Cuyo como locutor profesional y comienza su tarea de autor junto a su comprovinciano Oscar Matus. En 1958 lo nombran diputado provincial por la Unión Cívica Radical Intransigente, sector que abandona en 1959 por las sucesivas traiciones del frondicismo. Forma un bloque independiente y luego integra una delegación parlamentaria que visita China, la URSS, Checoslovaquia y Francia.

A su regreso se afilia al Partido Comunista. En 1960 termina su mandato como legislador y vuelve a su trabajo de locutor. En 1963, funda el Movimiento del Nuevo Cancionero junto a Matus, Mercedes Sosa, Eduardo Aragón y otros.

Este nuevo movimiento tiene una relevancia clave en la búsqueda de una música nacional de contenido popular, en el esfuerzo por renovar en forma y sustancia tanto las expresiones nativas como urbanas del canto argentino. Y a su alrededor se mueven muchos de los más conspicuos artistas argentinos de la época. Casi dos décadas después de su fundación, en una ponencia presentada en el Foro Internacional de la Nueva Canción, realizada en marzo de 1982 en México, Tejada Gómez recuerda así como fue recibida la creación de esa corriente: “La aparición del Nuevo Cancionero en pleno auge y borrachera del ‘folklorismo musical’ desató un vendaval de maledicencias, acusaciones, alcahueterías políticas y luego un muro impenetrable de silencio por parte de la prensa gorda, los empresarios, las empresas ganadoras y la corte de advenedizos que sentían peligrar su tienda de artículos regionales, a poco que fuéramos oídos por el público”. Y esos artistas –como relata luego él en la ponencia- fueron oídos y se consagraron, pasando ser figuras idolatradas por el público.

En 1964, el poeta se radica definitivamente en la Capital del país. En el poema Che, Buenos Aires recuerda las sensaciones que lo invadieron al llegar: “Toqué tu aroma gris/ Crucé el tumulto incorporándolo al sonido de mi sangre/ Empuñé el viejo amor/ Entré a la lluvia y me volví guitarra en tu regazo.”

Su popularidad

Lo que ocurrió en los casi treinta años que Tejada vivió en Buenos Aires hasta su muerte es más conocido. Produce en ese período la mayor parte de su obra poética, de sus narraciones y de las colaboraciones para conocidísimas canciones y temas que van al disco y se difunden por todo el continente, como Fuego en Animaná, Coral terrestre, Canción con todos, Zamba azul, Zamba del laurel, Canción de la ternura, Elogio del viento y tantas otras. Organiza además continuos espectáculos en compañía de las figuras más relevantes del folklore, viaja invitado a distintos lugares del mundo, marcha al exilio durante un año, recibe infinidad de premios y reconocimientos. En esas casi tres décadas, bajo censura o actuando libremente, no hay prácticamente lugar del país donde su perfil de recitador de sus poemas o narrador oral no aparezca nítidamente. Se hace un artista realmente popular.

“No había manera de impedir que estuviera en actividad –recuerda Dora Giannoni, su segunda esposa-. Hace unos días, entre las cosas que nos acercaron al Centro Cultural Tejada Gómez estaba un afiche del circo Satani que nos produjo gracia y ternura a la vez. Allí con grandes letras estaba anunciada la participación de Armando y su gran amigo Hamlet Lima Quintana en calidad de juglares. Intervenían en un número junto a los cantores Chacho Echenique y Jorge Rojas. Era la época de la dictadura y había que trabajar. Por lo demás, nunca lo vi bajar la guardia. El era muy consciente de su condición de poeta comprometido y no estaba dispuesto a callarse.”

El Centro Cultural mencionado empezó a funcionar en abril del año 2000 y tiene como impulsoras principales a Gloriana Tejada, hija mayor del poeta, y Dora Giannoni. Esa entidad es la que motorizó varias de las más importantes actividades que se realizaron en homenaje al artista en el décimo aniversario de su muerte, entre otras: la emisión de un programa especial en Radio Nacional transmitido a todo el país y el exterior el 31 de octubre; la muestra de sus libros, discos, originales y objetos personales realizada en la Biblioteca Nacional del 1 al 24 de noviembre; y el acto en el Teatro Avenida el 13 de noviembre. Pero hubo también homenajes en Mendoza y otros lugares del país. La Legislatura de Buenos Aires por su parte aprobó una ordenanza destinando un espacio verde en la ciudad que llevará el nombre del artista y está en marcha una ley que declarará su obra de interés educativo nacional, como ya lo es en la provincia de Buenos Aires desde 1991 y lo será pronto en Mendoza. También, el Correo Argentino pondrá en circulación en estos días una estampilla conmemorativa dedicada a los folcloristas en la que estará su imagen junto a la del Cuchi Leguizamón, Andrés Chazarreta, Carlos Vega y otros.

Giannoni fue la mujer que lo acompañó durante su exilio en España. “Me acuerdo que estando en Villa de Bilbao un día leemos que se convocaba a escritores de novelas inéditas. Y él había llevado consigo al irse Dios era olvido. Le comenté entonces que sería interesante presentarla, pero a él le parecía que ese material elaborado con personajes típicos de Mendoza, los de aquel paraje denominado la Media Luna, no les iba a interesar a los vascos. Pero, perdido por perdido, hicimos una fotocopia y la mandamos. Por ese tiempo no teníamos ni un peso, sólo el pasaje de vuelta. Así que regresamos y a poco de llegar a Buenos Aires nos enteramos que había ganado un primer premio. Fue un verdadero milagro, porque significó una entrada económica que nos ayudó a vivir. Y gracias a él, Armando pudo entrar a la Feria del Libro del año 1979. Lo presentaba Espasa Calpe, que había publicado el libro. Fue un verdadero acto de resistencia cultural, porque fue invitado a hablar sobre el libro nada menos que José Murillo, otro escritor que por entonces estaba también superprohibido.”

A la novela Dios era olvido le siguió otra llamada El río de la legua, que escribió para el aniversario de la fundación de Buenos Aires y con la que fue finalista en el premio Plaza y Janes. Unos años antes había editado el relato Amanecer bajo los puentes, que fue llevado al teatro por Franco Gigli con un elenco de chicos de la calle y actores profesionales. A pesar de la calidad de su obra narrativa, no hay duda, sin embargo, que la producción más vasta y trascendente de Tejada Gómez se da en la poesía. Según el escritor y periodista mendocino Rodolfo Braceli, la obra en verso de su comprovinciano tiene una virtud muy especial. “Creo que Armando -explica- tomó la posta y el sonido de dos grandes poetas, de dos grandes Pablos. Hablo de Pablo Neruda y Pablo de Rokha. Sus versos son una permanente tentación a ser leídos en voz alta y si es posible a la intemperie. Es imposible leerlos en silencio porque apenas se empieza a transitar por ellos, uno los escucha con el corazón y con el oído. El consiguió lo muy pocos consiguieron en el habla castellana y en cualquier otro idioma: sacar la poesía de los libros, alzarla y después multiplicarla canción mediante.” Dora Giannoni afirma que la música de su poesía viene en gran parte de la copla española y de sus lecturas de Góngora, Quevedo y otros autores hispanos. “El bebió de los clásicos, pero también de las modulaciones y ritmos del habla popular, del idioma de aquella gente que poblaba los boliches o las vendimias de Mendoza”, redondea.

Georges Mounier comentaba hace varios años que debido a las nuevas técnicas era muy posible que la poesía debiera readaptarse físicamente a ese instrumento maravilloso, difícil y bastante desconocido para los escritores que es la voz humana. Alfredo Varela, comentando esta idea, decía: “Algo semejante he pensado escuchando a Tejada, su voz sonora que da el relieve justo a cada imagen y a cada concepto, su dicción sin amaneramiento, fresca y rotunda como sus poemas, que parecen haber sido creados al aire libre, o al ritmo de la guitarra, vibrando a la par. Quizás esta asociación de voz y creación literaria sea uno de los tantos secretos de su visible impacto en quienes lo escuchan.” Pero, además de ser portavoz de una voz formidable, Tejada Gómez era un conversador incansable y un verdadero hechicero con la palabra. “Tengo bien fresca la imagen del día en que lo conocí –rememora Alejandro Jáuregui, uno de los integrantes del legendario Quinteto Tiempo-. Fue en el otoño de 1967 y lo invitamos a un encuentro en La Plata de poetas, cantores, bailarines y amigos. Queríamos conocer el Manifiesto del Nuevo Cancionero, que había nacido unos años antes en Mendoza. Armando nos escuchó primero y luego habló hasta la madrugada. Y se volvió a su casa al otro día. En ese momento, al descubrir la pasión que lo encendía, comprendimos que estaríamos ligados a ese hombre para siempre. Sabía de todo y no había tema sobre el que no opinara. Hablaba tanto y tan bien que nos ganaba siempre por cansancio o nockout. Pero lo más conmovedor era oírlo hablar de sus orígenes y sus ancestros con un orgullo solo equiparable a la magia que producía su voz y su increíble memoria. Fue un hombre asombroso, por su ardor y su oficio. Y por su calidad de testigo y protagonista de hechos extraordinarios.” Jáuregui recuerda que un día en que fue detenido por la policía del gobierno dictatorial de Juan Carlos Onganía, en 1969, Tejada organizó con el resto del Quinteto Tiempo una actuación dentro de la comisaría y llevó gente que los acompañó en la calle.

Después la amistad se fue consolidando a lo largo de infinidad de actuaciones y viajes que realizaron juntos. “Con el movimiento de la Nueva Canción Latinoamericana recorrimos todo el continente llevando un mensaje lúcido. Estuvimos en México, Paraguay, Cuba, Venezuela, Nicaragua, Ecuador y decenas de veces en Buenos Aires y distintos lugares del país –cuenta Jáuregui-. Y ahí estaba siempre él, contagiando con su voz una enorme seguridad y un irresistible deseo de vivir. Nunca me podré olvidar la sensación que esa voz me produjo en un festival realizado en 1972 en las ruinas de San Ignacio. Había allí un árbol gigante, sobreviviente y testigo de la civilización jesuítica, que iluminaba con sus luces todo el espacio donde la gente bailaba, recitaba o cantaba. Y, desde atrás de esa descomunal y casi fantasmagórica escenografía, se desgranaba la voz de Armando, como un estruendo armónico que parecía llegar de otro lado y sin embargo era profundamente terrestre, vital y próximo a nosotros. Fue una experiencia realmente irrepetible, que no se me borrará jamás.”

Un padre cariñoso

Su hija Gloriana lo recuerda bajo un halo no tan mítico pero no por eso menos emotivo. “Era un hombre con los rasgos comunes de un buen padre: se mostraba cariñoso y dedicado. Del matrimonio con mi madre somos dos hijas, yo y Paula. Luego hay un adolescente de 17 años, de otra unión, Gabriel, que hoy vive en Mendoza. A nosotras nos llevaba siempre de viaje. En verano, una vez terminada las clases y las fiestas nos subía a un viejo Citroen -después mejoró un poco y tuvo un Fiat, que igual se quedaba en todos lados- con el que recorríamos el circuito de los festivales: la Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta, Córdoba. Y hacíamos una pasadita por Mendoza para ver a los familiares. Viajábamos mucho con él. Pasaba mucho tiempo con nosotros y cuando actuaba en espectáculos en Buenos Aires nos llevaba también. Nos inculcó además un desmesurado amor por la lectura, como el que lo había abrasado a él. En su enorme biblioteca, todos los libros tenían una papelito con una breve nota donde se recomendaba si el texto era accesible a nuestra edad. Así nos ahorraba dificultades. Al separarse de mamá, nos pasaba a buscar por el colegio y nos acompañaba a almorzar, todos los días, mientras no estuviera viajando. Y así fue hasta que nos hicimos más grandes y empezamos a ir a la facultad. A partir de entonces los encuentros fueron más espaciados, pero seguíamos viéndonos con mucha frecuencia, sobre todo cuando nacieron los nietos. Y además nos hablábamos cotidianamente.”

Los últimos años, Armando Tejada Gómez los vivió en Barracas, en una casa ubicada en una cortada llamada Sudamérica, detrás de la cual comienza una gran villa de emergencia. “Eran los años 1989 y 1990. En ese entonces, íbamos todos los fines de semana a comer con mis dos hijos –narra Gloriana-. Comíamos y él seguía hablándonos con el mismo fervor de siempre. Hubiera una o cien personas, su capacidad de entrega a la conversación era total. En aquellos años, había caído el Muro de Berlín y la charla giraba inevitablemente en torno a ese tema que embargaba el corazón de todos aquellos que alguna vez habíamos soñado con una sociedad mejor. Era un golpe terrible, que nos causaba mucho dolor. Y difícil de entender, sobre todo al principio.

Una noche, me acuerdo, él nos llevaba de vuelta a casa en su coche. Y al dar la vuelta y ver frente a nosotros la villa de emergencia, me dijo no sin una gran pesadumbre: ‘¿Sabes adónde van a llevar los cambios en Rusia? A eso que ves adelante’. Me pareció un pronóstico apocalíptico y le contesté: ‘Papá, por favor, no van a llegar a tanto. Se pueden haber cometido muchos errores, pero fueron setenta años de socialismo. No pueden haber pasado en vano, sin dejar nada’. Me miró y movió las cejas como diciendo: ‘Ya vas a ver’. Ahora, a medida que nos llegan noticias del nivel de pobreza y corrupción al que la mafia y el sistema neoliberal han llevado a Rusia, compruebo lo proféticas que fueron aquellas advertencias.”

Precisamente, porque fue profeta de lo que vendría, no sólo en otras latitudes sino en su propia tierra -como lo subraya el título de uno de sus libros-, Tejada Gómez ha quedado y quedará en la mente y el corazón de los argentinos como una voz que sigue alertando sin pausa contra aquellos que conspiran para que el mundo sea cada día más inalcanzable, ancho y ajeno. Por eso, pero porque supo además recoger los pedazos rotos del arrabal que observó en su infancia y los transformó en un universo poético en el que es posible percibir no sólo el estigma de la marginación sino vibrar también con el esplendor de la vida y con ese pálpito que nos habla sin cesar de la viabilidad de las utopías y de que el hombre desprovisto de sueños es como una espiga que se seca en soledad.

Ovidio cuenta en el libro Xl de La metamorfosis que aún después de muerto, y mientras su cuerpo y su arpa se deslizaban por el río Hebro, Orfeo seguía cantando. Este relato ha sido usado siempre como una metáfora del poder singular que el lenguaje y el canto poético tienen para poder trascender a la muerte. Desde el Hebro intemporal, desde el lejano curso de su natal Guaymallén o a través de cualquiera de los ríos que traen las palabras y atraviesan como pequeños temblores nuestros corazones, Tejada Gómez también sigue cantando.

 

Alberto Catena
Fotos: gentileza periódico Acción.

Su obra poética

Estos son en un cierto orden, algunos de los libros más conocidos de la producción poética de Tejada Gómez: Tonadas de la piel (1955), Antología de Juan (1958), Los compadres del horizonte (1963), Sonopoemas del horizonte (1964), Tonadas para usar (1967), Profeta en su tierra (1968), Canto popular de las comidas (1974), Toda la piel de América (1984), Historia de tu ausencia (1985), Bajo estado de sangre (1986), Los telares del sol (1992).

Sumario N° 128

“La aparición del Nuevo Cancionero desató un vendaval
de alcahueterías políticas”.

Quedará en el corazón
de los argentinos
como una voz que sigue alertando contra quienes conspiran para que el mundo
sea cada día más inalcanzable, ancho y ajeno.


El poeta con el músico Julio Lacarra.


Tejada Gómez
era un conversador incansable
y un verdadero hechicero
con la palabra.