Entrevista a Dora Giannoni, compañera de Armando Tejada Gómez.
Por Marcelo Cotton.

En su casa, una biblioteca abarrotada de libros. ¿Cuántos de estos libros tendrán impreso el nombre de Tejada Gómez?, me pregunto. Muchos seguramente, porque además de compartir los años luminosos durante el intervalo de Cámpora, y de acompañar al poeta en los oscuros tiempos de la dictadura que lo anegó, Dora Giannoni, profesora de literatura, era una admiradora de la obra del poeta aún antes de haberse cruzado las miradas.

Fue en una ocasión como las que ella asegura "no son casuales". Era de día. Ella se acerca tímidamente. Y él: "Esa misma noche me dice que se va a casar conmigo".

Dora, como tantos otros que lo cortejaron, parece haber sido tocada por la varita mágica de Armando. Es que "su vida es un milagro", define ella como una forma de sintetizar en una oración simple un destino marcado por el encanto de convertir los metales en oro, de transformar al desposeído en desprendimiento, de rehacerse sobre las cenizas de lo que no fue.

"Fue un chico de la calle, lustrabotas, canillita, albañil... y en el mismo ejercicio aprendió a actuar gremial y politicamente. Y eso lo sacó de la propia vida".

Dora recuerda un dicho de la propia boca del poeta: "A San Martín lo aprendí como Don José. Como el pueblo, como el vecino". Y con esto ilustra una infancia sin formación escolar, de la que el propio Tejada se lamentaría más tarde, pese a que ésta, por paradójico que parezca, no incidió en su obra en cuanto a excelencia se refiere. "Cuando terminaba de escribir un poema, me lo daba para que yo se lo revisara. No pude tener el gusto de haberle corregido ni una vez un error sintáctico, un error ortográfico ni morfológico porque manejaba el idioma de una manera impresionante".

Y dice Armando en el poema "Hay un niño en la calle": "Hay dos formas de concebir el mundo, una es salvarse solo, arrojando a los demás de la balsa. La otra, comprometer la vida hasta el último náufrago". Y Dora lo recita como si se tratara de una oración religiosa aprehendida a través de los años.

"Tenía muy claro que lo politico, lo economico y la cultura nacional estaban intimamente relacionados. Su vida era una sola cosa".

Armando Tejada Gómez, fue prohibido hasta en la sola mención de su nombre. El tuvo que partirse, su nombre fue reemplazado por un seudónimo, su cuerpo fue partido entre dos tierras. Dora aclara: "El no quiso nunca exiliarse. El decía que la cosa era acá. Eso mismo les digo a mis alumnos que dicen que se quieren ir del país".

Un tiempo dividido entre aquí y allá, obligado por la necesidad de que se le abriera una puerta por "todas las que le cerraron acá", lo mantuvo un año en España.

Por las extravagancias del destino, un premio a una de sus novelas en España lo devolvió estoico hacia el país en pleno proceso militar.

"La editorial Espasa Calpe presentó su novela en la Feria del libro. El firmaba los ejemplares y como estaba en el stand de una editorial española no le podían hacer nada. Todavía recuerdo el día en que pasó Videla por la Feria y se la tuvo que tragar".

Dora recuerda, pero sus recuerdos de Armando más que recuerdos son los propósitos que cargan de sentido este hoy.

"Lo que más extraño de Armando es su guía, su consejo, su claridad de cómo organizar la resistencia. En este momento es fundamental. En este momento en que la juventud necesita referentes".

Junto con otros allegados a Tejada, Dora Giannoni vela para que la obra del poeta se difunda, se expanda, se ensanche. A través de un Centro Cultural itinerante, un Tejada Gómez más vivo que nunca en su necesidad reaparece intermitentemente esperando que algún día logré establecerse sólidamente en un lugar donde poder ir a encontrárselo.

Hasta que llegue ése día, Dora, la segunda mujer de Armando, compañera, amiga luego de la separación que, empero, los mantuvo unidos hasta el final, se contenta como lo hacía el poeta:

"Con Armando no podias estar triste porque él se levantaba y ponía la vida en movimiento. Se levantaba muy temprano aunque no tuviera trabajo. Estábamos de pie porque estábamos viviendo. Tanto como disfrutar de las plantas, de los animalitos"

Cuando Dora se reúne con los amigos de Tejada o con las hijas del primer matrimonio de Armando para acariciar este presente vital que habita gracias a la evocación de la figura del poeta, ella revive, presiente, menciona, al igual que todos los seres queridos del poeta (sus seres queridos también), el afecto, la generosidad, la intensidad en los abrazos: "como los que solía dar Armando. El abrazo de Armando no se repitió nunca en nuestras vidas, como Armando abrazaba nunca nadie nos abrazó".


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