Mendoza, Argentina, Domingo 10 de noviembre de 2002



 Cultura
En busca de la Patria perdida


Pintura de Pedro Figari.

Por Jorge Marziali
Algunos observadores de la dinámica social creen ver en estos días el comienzo de un cambio cultural en nuestra clase dirigente, que no es sólo la política. Creen ver una resignada, asustada (¿y culposa?) mirada hacia adentro del país, posiblemente para tratar de encontrar una tabla a donde asirse.

Están mirando más hacia adentro, dicen. Incluso los de adentro, deliro yo.

Algunos intelectuales nacionales vienen advirtiendo sobre la necesidad de esa mirada hacia adentro desde hace mucho. Se ha dicho y escrito bastante sobre el asunto, aunque lo ignoren cientos de miles de profesionales "universitarios" que, por lo menos desde la última dictadura, han sido formados en la creencia de que la historia de la Patria comienza cuando ellos concurren, por primera vez, a un "macdonald". Los inquietos que se cansan pronto y quieran ver esa advertencia pueden remitirse a Scalabrini o a Jauretche.

Yo prefiero hoy rescatar parte de las señales que viene tirando Aníbal Ford, no sólo porque está vivo sino porque sus definiciones sobre las consecuencias de mirar para otro lado contienen términos y ejemplos fácilmente reconocibles en esta corta era de multimedias interactivas y ordenadores con lectoras de mp3.

En una entrevista concedida, hace un tiempo, a la revista "Milenio", del Instituto de Estudios sobre Estado y Participación, que auspicia la CTA, dice Ford que "Argentina tiene un bajo caudal de información sobre sí misma; sobre su territorio, su población, su cultura. En esa ignorancia aparece uno de los prejuicios que más nos han perjudicado, que es el de creer que todo lo nacional es, de alguna manera, no vendible, que no tiene mercado, que no es negocio".

Aunque esa definición pueda parecer preocupante sólo para economistas y comerciantes, cuando vamos a las causas de esa epidemia que son la ignorancia y el desprecio por nosotros mismos, aparece la función de los intelectuales, los artistas, los pensadores. No se generan proyectos nacionales, entre otras cosas, "porque los intelectuales que tienen la posibilidad de producir mensajes de ese carácter no lo hacen, como parte de una dependencia ideológica", dice Ford.

Es en este punto donde convergen la preocupación de los pensadores nacionales con las cantadas intenciones de mi trabajo de creador y difusor de canciones de estos tiempos.

La Patria y la chicana del “nazionalismo”

Hace unos años me preguntaron sobre la posibilidad de estar coqueteando con las ideas fascistas por mi recurrente vocación de hablar de Patria, de lo nacional, arriba y abajo del escenario. Dije entonces (y lo repienso) que lo que no hacen los intelectuales y mucho menos los medios es clarificar sus propias ideas sobre la Patria y luego "bajarlas" a los lectores, sin prejuicios, sin vergüenzas adquiridas en la escuela o en los propios medios que participan en su formación.

Dije también que el término "Patria" cayó hace mucho tiempo en manos de unos tipos que confunden Patria con tierra; pero no la madre tierra, sino aquella que puede venderse y comprarse en las inmobiliarias. Los terratenientes se convirtieron en "patriatenientes". Mientras, algunos sectores pseudoprogresistas descreen (de alguna manera con razón) de todo lo que tenga que ver con la Patria y en vez de recuperar el término, su significado, para los que dicen representar, permiten que otras patrias avancen culturalmente sobre la nuestra, no con intenciones de convivir sino con intenciones de dominar. Los obnubila el arte de cualquier patria menos el de la propia. Y como lo niegan, no lo conocen.

Esos mismos intelectuales colonizados que denuncia Aníbal Ford y que uno deschava cada vez que puede, han comprado la idea de que el patriotismo es, parafraseando a Marx, el opio de los pueblos. Yo estaría de acuerdo con eso, si el patriotismo significara que todos piensen igual que el "patriateniente". Los griegos decían que el oráculo más cierto es el que ordena defender la Patria. No se trata de exaltar el valor de la Patria como exclusivo. Creo que el amor a la Patria y el amor a la humanidad no se excluyen; sin el primero no se puede demostrar el segundo.

Durante años el patriotismo cultural ha sido sutilmente emparentado, por colonización, al nacionalismo y este último, naturalmente, al nazismo. Pero eso sucede solamente aquí. A nadie en Estados Unidos se le ocurriría tildar de nazi a quien quiera cantar, en inglés, asuntos de la humanidad con una mirada estadounidense, como nadie le dice fascista a Compay Segundo, en Cuba.

Si es cierto lo que decíamos en las primeras líneas, ese retardado mirar hacia adentro le mostrará a la dirigencia una cultura metropolitana negadora del país; un país que los provincianos hemos visto (y sufrido) desde la cuna . Entonces es necesario avisarles sobre lo que van a ver cuando esa mirada sea algo más que un intento de atrapar el pasamanos para "zafar" durante este choque que deseamos coyuntural.

Cambiar las rutas del flujo cultural

Vuelvo a Aníbal Ford: "Buenos Aires y sus capas medias son el centro rector de la Cultura en la Argentina y va a ser muy difícil modificar su esquema araña si no se modifica la estructura económica. Es muy difícil que las provincias tengan producción cultural propia si no se desarrollan económicamente. Es muy difícil que haya federalismo si no hay igualdad de regiones y un proyecto económico global y articulado".

En lo estrictamente cultural, Ford cree que "hay una desvalorización temática del país que no se resuelve con nacionalismos folklóricos y metafísicos sobre el ser nacional ni con el documentalismo antropológico. La situación se revierte con una política que cambie las rutas del flujo cultural, desde el teleteatro a la información, del humor y los híbridos musicales a las historias sociales y económicas del interior, descentralizándolo de las capas medias del mercado porteño".

Entonces los dirigentes que quieran mirar hacia adentro, en lo cultural, tendrán que dejar de avergonzarse del sainete y del grotesco en el teatro, de la artesanía surgida de la mezcla de lo nativo con lo exótico, de la música criolla en sus diversas ramas evolutivas, de los plásticos que no quieren ser Van Gogh sino encontrar respeto para el muralismo, de las murgas y su dinámica comunicadora. Porque eso (y mucho más) es lo que nosotros sabemos hacer desde que nos animamos a mirar el mundo con ojos propios, reconociéndonos como el resultado de un cruce cultural que es prestigioso, aunque los "inteligentes" formados en la cultura de la hamburguesa no lo puedan ver.

Los dirigentes que descubran el país real deberán alentar la formación de intelectuales nacionales para que, cuando alguien hable de la Patria en sus obras, esos intelectuales llamados a interpretar la realidad cotidiana entiendan, sin avergonzarse, que lo que uno está diciendo es lo que una vez nos enseñaron en la escuela: "amo a mi mamá" y estoy orgulloso de ella, aunque existan mamás "más mejores", como dicen en la tele.