Mendoza, Argentina, Lunes 11 de noviembre de 2002


A diez años de su muerte, la cultura reivindicó a Armando Tejada Gómez

Adiez años de la muerte del poeta mendocino Armando Tejada Gómez, distintas agrupaciones y entidades oficiales lo recordaron ayer en una suerte de demorada reivindicación a su obra, apasionada y contestataria.

En Mendoza, escritores y folcloristas lo recordaron en sendos actos en Radio Nacional y en el cierre de la Feria del Libro. Por otra parte, en Buenos Aires, leyeron sus poemas y recordaron su fogosa existencia en la Casa de Mendoza. En la Biblioteca Nacional, acaba de inaugurarse una muestra dedicada a su obra que reúne libros, fotos, objetos personales y documentos.

“Pretextan que ando cantando, pretextan que soy folclorista y soy por esa razón un marginal -no un automarginado- de la literatura (...). Tengo veinticinco libros editados pero la cultura porteña no me ha perdonado las canciones”, dijo en una oportunidad.

Nació el 21 de abril de 1929 en el barrio La Medialuna, en Guaymallén, justo donde se juntan los canales Cacique Guaymallén y Frías.

Armando Tejada Gómez fue el anteúltimo de veintitrés hermanos. Tenía cuatro años cuando murió su padre. A esa edad, también, aprendió a leer en el catecismo de su tía Fidela. Trabajó como canillita de diario Los Andes y lustró zapatos, andando él mismo descalzo.

Los recuerdos de una infancia en la calle y la miseria aparecen en su libro autobiográfico Amanecer bajo los puentes.

Tejada escribe: “Para comer había que aviarse o procurarse o como se dijera al modo nuestro, toda vez que no había nada que comer de una manera absolutamente seria y definitiva (...) Así es que yo, penúltimo, número veintidós, casual, inevitable como cualquier resfrío, debía procurarme”.

Su educación formal se limitó a tres meses de escuela rural primaria. A los 13 comenzó su formación autodidacta en una biblioteca pública: “Empecé por el primer estante hasta que llegué al fondo. Claro, leía todo mezclado, Fisiología del placer de Mantegazza con La Divina Comedia”. A los quince, ya un insaciable lector, se apasionó por el Martín Fierro, que más tarde recitaba en los fogones de los obrajes cordilleranos.

En 1950 se vinculó a la radio LV10 y al músico también mendocino Oscar Matus, con quien comenzó a colaborar como autor. En 1954 obtuvo una distinción municipal: “Escribí mi primer libro, Pachamama, y lo premiaron en Mendoza; digamos que me dieron ese premio creyendo que era uno de ellos y en realidad yo era un obrero de la construcción”.

Tejada Gómez, Matus y la gran voz de Mercedes Sosa, mantuvieron una asociación que fue clave dentro del Movimiento del Nuevo Cancionero -cuyo manifiesto suscribieron en 1963 junto con Tito Francia y otros-. “En Zamba de la distancia, como en La de los humildes, Zamba del riego, Tropero padre, El río y tú, La zafrera y Los hombres del río están los tres nombres que impulsaron el movimiento: Armando con sus palabras, Matus con la música y yo con la voz”, recordó Mercedes Sosa para el disco de homenaje que incluyó Zamba de la distancia y reunió a amigos y admiradores como León Gieco, Víctor Heredia y Teresa Parodi.

Canción con todos y Fuego en Animaná (con música de César Isella), la Zamba del nuevo día (en colaboración con Oscar Cardozo Ocampo), la Canción para un niño en la calle (fragmento del poema con música de Ángel Ritro) son algunas de las obras más difundidas del poeta.

“El que lea atentamente mi poesía, comprende rápidamente que la intención es cantar opinando”, afirmaba. En rigor, basta el más ligero examen basta para advertir esa intención en Elogio del viento (que escribió con Cuchi Leguizamón), Trapitos al sol o Canción para un niño...: “Ellos han olvidado / que hay un niño en la calle / que hay millones de niños / que viven en la calle”.

La obra de Tejada Gómez canalizó su compromiso social, que también tomó el cauce de una intensa militancia política. En 1958 fue electo diputado provincial por la UCRI, un año después constituyó bloque independiente y poco más tarde se afilió al Partido Comunista.

En 1974 fue amenazado de muerte por la Triple A. Recordaba en un artículo: “Cuando me quedé sin un solo contrato, cuando me detuvo el ejército en Santa Fe rodeando toda la manzana con automóviles y cuando me sacaron con metralletas de adentro del teatro, ¿qué empresario iba a arriesgarse en el futuro?, ¿quién me iba a contratar cuando volaron el local de Villa María donde iba a actuar?”.

Proscripto y perseguido por la dictadura tras el golpe del ’76, intentó exiliarse en España pero no soportó la nostalgia. Entonces decidió resistir en la Argentina las amenazas, la prohibición de difusión de sus obras y de sus presentaciones públicas y el temor en las radios a la sola mención de su nombre. Sobre este período observó: “Es una experiencia increíble estar muerto y vivo”.

Tejada no perdía ocasión para fundamentar que las imágenes eran el lenguaje del pueblo, recurriendo a expresiones de sus coterráneos como la que describe como “verde” el gusto de ciertos vinos mendocinos: “Tiene el gusto verde. Mirá la metáfora, ¡qué lo parió! No es que el vino sea verde, si no que tiene el gusto verde. ¿El gusto cómo va a tener color? Decile a André Breton que venga. ¿Quién inventó el surrealismo? ¡El pueblo!”

Armando Tejada Gómez murió en Buenos Aires el 3 de noviembre de 1992.